5 abr. 2010

II La Batalla de Qadesh

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‹‹La historia que voy a contar sucedió hace pocos años, cerca de estos mismos desiertos donde ahora nos encontramos. Creo que te resultará muy atrayente a la vez que instructiva, ya que uno de sus principales protagonistas es tu mismo bisabuelo: Ramsés II el Grande. El poderoso faraón era también joven por aquel entonces, y aunque la leyenda lo terminaría reconociendo como el hijo de los dioses que fue, creo que podré añadir cosas nuevas a las que tú ya conoces, porque los hombres, como hombres que son, viven expuestos a las más bajas pasiones y a menudo deforman la historia, para beneficio y ensalzamiento de los de su propio bando, por lo que es seguro que alguna mentira se habrá colado entre las crónicas de vuestros sacerdotes››.
            Todo lo que decía el genio me parecía con tanto atino y tan verdadero, que de mis labios no salió ninguna queja, aunque estuviera tachando de embusteros a algunos de los egipcios más sabios, como son los sacerdotes.  
››Resplandecía la primavera y terminaba mayo, en aquel año de 1274 a. de C., cuando Ramsés II marchaba hacia la ciudad siria de Qadesh, en manos del Imperio Hitita, y que entonces como hoy, era el punto de comunicación más importante entre el norte y el sur de Oriente. Su rival, el Hatti Muwatalli que comandaba las hordas de los hititas, le había declarado la guerra. Tal vez confiaba en que la superioridad numérica de los suyos sería suficiente para disuadir al Gran Faraón ante un enfrentamiento directo. Se equivocó, y en las grandes planicies a los pies de las murallas de Qadesh se acordó la batalla.
››Soplaba un viento ardiente en las dunas del desierto aquel fogoso día de primavera. El faraón iba surcando los médanos en su carro, con los brazos cruzados sobre su poderoso pecho lleno de oro. El aire en la cara le resultaba agradable, se giró y miró la élite de sus huestes: doscientos cincuenta carros tirados por dos corceles cada uno. Dos jinetes iban sobre cada carro, y tenían los rostros fieros como una tormenta de arena. Levantó su poderoso arco mixto apuntando al horizonte y, aflojando las rodillas para compensar el traqueteo, tensó la cuerda y una larga saeta sobrevoló las dunas, hasta clavarse en la arena... ¡Amon! Gritó, y todos corearon el nombre de aquel batallón egipcio que comandaba Ramsés el Grande, porque era el día previo al juicio de los dioses, y eso era bueno.
››Aquella jornada los conductores de carros azuzaron con tal ímpetu a sus monturas, que la infantería se quedó atrás por muchas leguas. “No importa” pensó el faraón mientras el astro de Ra se ocultaba fundido en púrpuras, “sobre este promontorio al este del río Orontes y bajo las murallas de la ciudad de Qadesh levantaremos nuestro campamento, y pondré aquí mi trono de oro, y aquí esperaremos al resto de los guerreros del Cuerpo de Amón de Tebas, Poder de los Arcos”. Estaba confiado porque aquel mismo mediodía Geb, el dios de la Tierra, había puesto en el camino de su ejército a dos buenos beduinos, procedentes de Qadesh, que le habían confirmado que no había ni un solo hitita cerca de la ciudad, tal y como ahora comprobaba con sus propios ojos. Tendrían tiempo de cavar el campamento y rodearlo de escudos, montar las tiendas y el templo de Amón, beber hasta saciarse y comer con esparcimiento.
››Al despuntar el alba del día siguiente, recibió con sorpresa y disgusto el faraón la visita de dos extraños guerreros con máscaras de oro, que sus centinelas habían cogido cautivos al encontrarlos fisgoneando cerca de allí. Uno era tan bajo que parecía un chiquillo, aunque tenía las espaldas gruesas como un toro, y no paraba de gruñir y protestar. El otro era más alto que los enormes eunucos del faraón, espigado como un junco y de largos cabellos, con un color más amarillo que las arenas, pero no tanto como el oro del trono del gran Ramsés.
–Hablad rápido o seréis ejecutados, extranjeros, porque no veo nada que me indique si sois egipcios o hititas, excepto el pelo largo de uno de vosotros, que se parece a los que llevan los guerreros maricones del Hatti –dijo Ramsés, ante lo que rieron todos sus súbditos de buena gana.
–Yo soy Nakht, y si tenéis la sabiduría de paraos un segundo y escuchar lo que venimos a advertiros, sabréis que corréis un gran peligro, ¡oh faraón entre faraones! –dijo el que era pequeño como un niño, pero que tenía la voz profunda como un demonio.
–Henhenet soy yo, y si vuestra bondad es tan grande como vuestras gestas, me disculparéis por llevar estos cabellos largos y tener un poco aguda la voz, pero los hititas nos han tenido prisioneros largos meses y sus torturas me han hecho esto, para más desgracia de mi persona. Pero aún así hemos llegado a la sombra de Ramsés el Grande, como acecha el escarabajo a la del horizonte cada día, para advertiros de la trampa en que os encontráis.
–¡Hablad, por Ptah! Que todo esto que decís parece cosa de magos, o algún engaño de los falsos dioses de mil lenguas a los que adoran los hititas.
–Detrás de las murallas de Qadesh Vieja, y debajo de la colina que seguro podéis otear desde lo alto de vuestro sitial, oh hijo divino del faraón Seti I y de Tuya, la Gran Esposa Real, aguardan listos para el combate los ejércitos de los hititas, que son tan numerosos como los granos de arena de este mismo desierto –dijo el de voz cavernosa.
–Conocen vuestra posición y esperan atacar en cualquier momento, ¡no hay tiempo faraón, ordenad la defensa! –lo acució el de voz aguda.
››Su consejero le advirtió que no se fiase de aquellos dos extraños, porque no sabían si en realidad eran solo una burla y si habrían sido enviados por el Hatti Muwatallih, para desorganizarlos y quebrarles el buen ánimo que todos tenían. Pero Ramsés además de bravo y joven, tenía la bendición de ver con el Ojo de Horus, y de alguna manera al mirar hacia donde les decían los dos recién llegados, vio señales que le inquietaron en las aves del cielo, y oyó un silencio que le ponía sus pocos pelos de punta...
–¡Preparad la defensa, rápido! ¡Dejad montadas las tiendas, el templo y todas las cosas que puedan entorpecer la refriega en el campamento! Y que partan mis tres emisarios más rápidos, para que avisen a los tres cuerpos que vienen hacia aquí del inminente ataque –nadie osó contradecir al faraón, no hubo ni una sola protesta por los desayunos interrumpidos–. Mantened a estos hombres cautivos hasta que sepamos más de ellos, y vosotros –dijo, instigando a los recién llegados con una mirada terrorífica–, más os vale que me hayáis dicho la verdad o cortaré vuestras lenguas y vuestras orejas, y os quitaré los ojos de las cuencas para que nunca caigáis en la misma falta.
››El campamento se transformó en un laborioso sonido de armas de bronce, relinchos de caballos, crujidos de madera y voces apresuradas, entre las que destacaban las órdenes de los jefes de escuadrón, que mandaban formar a los suyos. No hubo tiempo para más, porque apenas tocaba a su fin la hora de la llegada de los enmascarados, cuando el faraón pudo escuchar un gran ruido de caballos que venían cruzando desde el oeste, al otro lado del río Orontes, y vio como se abrían las puertas de la Vieja Qadesh y por ellas salían muchos más carros aún, dispuestos para la batalla y con tres guerreros de largas melenas sobre cada uno de ellos.
››Pronto más de quinientos carros cayeron sobre los egipcios del Cuerpo de Amón de Tebas. Y todo habría estado perdido, a no ser porque la misma confiada soberbia de los hititas, que se sabían superiores en número y se creían con la ventaja de la sorpresa, les llevó a los de los carros a la suprema torpeza de adelantarse con mucho a la infantería, con tal de reclamar la gloria del primer golpe, ni un ápice menor a la codicia de obtener para ellos mismos las mejores piezas del botín de oro y las joyas de los ricos egipcios.
››La primera arremetida de los carros hititas fue brutal, los escudos que protegían el campamento se doblaron como la hierba seca bajo los cascos de los caballos. Sin embargo Ramsés ordenó disparar a sus arqueros una, dos y hasta tres veces, menguando los carros mientras descendían sobre ellos gritando con bravura, para aguantar después la embestida con la primera línea de veteranos. Demasiado pronto los hititas presuntuosos creyeron vencida la contienda, y mientras Ramsés reorganizaba los carros supervivientes y salían del campamento para subir por la colina, con lo que obtendrían una mejor posición de disparo de sus mortíferos arcos, aquellos se dedicaban a correr sin control por dentro del campamento, chocando entre ellos gran parte de los carros y volcando no pocos debido a las cajas, cofres, tiendas y ganado que hacían del lugar una carrera de obstáculos para los hititas, cuando no una trampa mortal.
››En tal tesitura vio Ramsés a los suyos y a sus rivales, que le pasó por su faraónica mente la posibilidad de retirarse para esperar a los otros tres cuerpos de su ejército que a buen seguro estaban por llegar. Pero entonces vio junto a él al guerrero más alto de los enmascarados, que disparaba una flecha tras otra de su carcaj y abatía un hitita tras otro, y creyó distinguir al pequeño enmascarado saltando de carro en carro de sus enemigos, segando sus cabezas con un hacha que refulgía como la ira de Seth al sol de mediodía. Una sonrisa bravía demudó su rostro mientras gritaba:
–¡Egipcianos, Amón y Horus están hoy con nosotros! ¡Cargar los arcos! ¡Fuego!
››Los enemigos hititas estaban sufriendo un terrible castigo bajo las flechas de los egipcios, y entonces Ramsés ordenó la carga de sus guerreros, que cayeron sobre sus rivales con una fiebre fanática en los ojos... sin embargo los hititas todavía eran muchos más que ellos y enseguida se replegaron, con intención de acometer el contraataque. Entonces el faraón que llevaba su espada khopesh de bronce llena de sangre hasta la empuñadura, vio aparecer bajando por las dunas los carros dorados del Cuerpo de Ra, Abundancia de Valor, que venían perseguidos por muchos más carros de los hititas, y que cogieron por la retaguardia a los enemigos en su intentona de replegarse. La contienda se convirtió en matanza. Y los dos forasteros seguían aniquilando hititas, y llegaron a combatir codo con codo junto a Ramsés el Grande, formando a su alrededor una montaña de cadáveres.
››El mar de carros hititas parecía no tener fin, por cada uno que abatían, tres ocupaban su lugar. Ramsés había perdido su corona por el golpe de una lanza de Sattuara, general del Reino de Ugarit. La sangre enemiga bañaba su cara y las alhajas de su cuerpo esculpido en bronce, pero los ojos refulgían sin cansancio y su khopesh segaba cabezas sin conocer el desánimo.
–Parece que nuestro fin está cerca, desearía ver las caras de los hombres que me acompañan con tanto valor antes de que me reúna con los dioses –pidió a gritos el faraón, mientras el guerrero más alto giraba sobre sí mismo en una danza mortal de dos cuchillos que cercenaban los brazos y abrían los vientres de los rivales, solo comparable tal vez a la matanza cosechada por el propio faraón, o por el pequeño enmascarado que partía los troncos de sus enemigos por la mitad como si fuesen árboles endebles.
–No moriréis hoy aquí, Ramsés el Grande, ni hasta dentro de muchos lustros. Y no soy un hombre, por Elbereth –dijo el alto.
–Ni yo, por las barbas del hacedor. Podéis recordarnos como los Guerreros del Fénix.
››Ramsés no tuvo tiempo ni capacidad para asimilar aquellas extrañas palabras de los singulares guerreros, que sin ninguna duda venían de tierras lejanas, tal vez de Creta o de los misteriosos Pueblos del Mar. Pero además en ese momento de desesperanza, entró en la contienda el mermado Cuerpo de Ptah con parte del Cuerpo de Set, pues los dos habían caído también en sendas emboscadas de los hititas... y poco después llegó lo más granado de la élite de cada cuerpo egipcio, los guerreros Ne’Arin que habían ido hacia Qadesh separados del resto por la costa, mientras ellos atravesaban los desiertos desde Pi Ramsés, pasando por Canaan y la hermosa Galilea. Estos últimos sorprendieron por completo al Hatti y a sus guerreros de largos cabellos.
››La matanza se convirtió en carnicería. Y Ramsés sobrevivió a aquella batalla, que se quedó en tablas. Aunque no sobrevivieron como él los suficientes guerreros egipcios para tomar la ciudad y asegurar el territorio de Qadesh, aquel cruento derramamiento de sangre persuadió al Hatti Muwatallih sobre la conveniencia de volver a batallar contra el joven faraón. Poco después, Ramsés II el Grande se casó con dos princesas hititas, formando de aquella manera el Imperio más poderoso de Oriente Medio durante muchos y prósperos años. Sin embargo, ninguna de sus esposas fue tan querida nunca por él como la primera, la gentil Nefertari que le ayudó a sellar la paz con los hititas, y a cuyo lado palidecían las joyas, el sol y las estrellas.
››Pero nunca volvió a saber nada de aquellos misteriosos Guerreros del Fénix, aunque los buscó en el Alto y el Bajo Egipto, y llegó a creer que los mismísimos dioses Horus y Amón habían descendido aquel día a la batalla, para luchar junto al más grande de los faraones››.      

Usermaatra–Meriamón Ramsés–Heqaiunu, llamado también Ramsés III.

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