1 abr. 2010

I Introducción

Hoy empiezo con "El Batallón Fénix", serie de relatos que estoy publicando a razón de una entrega cada tres meses en la revista online Imaginarios. Creo que así podré ofrecer al lector los relatos de una forma más continuada, quedando más claro el desarrollo de la trama principal que los une. Desde aquí un saludo muy grande a todas mis compañeras y compañeros de la revista, un magnífico trabajo llevado a cabo por personas geniales. 

La historia que voy a contar comenzó mucho antes de que lo que en ella sucede fuera posible. Es la historia de unos hombres y mujeres fuera de lo común, de esos que cambian el rumbo de la historia allá donde se encuentren. Estuvieron en la Batalla de Qadesh, en la de las Termopilas, en la batalla por Troya, en la Dagor Bragollach, en la Guerra del Anillo, en la Batalla de los Campos Catalaúnicos… y dios sabe dónde más estuvieron o estarán. Sólo espero no cruzarme jamás en el camino de tan temible batallón.
Yo nací en Egipto, hace más años de los que soy capaz de recordar. Mi padre y el padre de mi padre y el padre del padre de mi padre y así, hasta llegar al principio de los tiempos, descienden directamente de la sangre de Ra, el dios del sol. Es por eso que siempre tuve mis necesidades cubiertas, lo cual tendrá su importancia en el transcurso de la historia que narraré a continuación.
He aquí que, en uno de mis negocios de placer, me dirigía yo con mi séquito hacia El Cairo, desde una ciudad menor al mismo norte de ése lugar. De pronto nos vimos sorprendidos por una tormenta de arena, que se formó de la nada, tal y como a veces sucede en estos desiertos. Grande fue nuestro sufrimiento y mi pena, porque sólo yo salí vivo de aquella tempestad, la mayor que yo había visto en mi vida, ya larga por aquel entonces, y que veré también, en los pocos años que ahora me quedan por vivir. Dos de mis mejores soldados muertos, dos de mis mejores mujeres, enterradas en vida. Al menos sobrevivió un dromedario.
Desesperado y al borde de la asfixia, busqué a tientas en la arena algún rastro de supervivientes. Pero como ya he dicho, los pocos a quienes encontré habían perecido, y ya estaba a punto de levantarme para darme la vuelta y emprender el camino hacia la casa de El Cairo, cuando mis dedos tocaron algo. Era de metal, y estaba frío a pesar del enorme calor de la arena. Desenterré el objeto preso de una emoción extraña, pues no tenía sentido ponerme así por sólo cualquier baratija, ya que a mí me sobraban baratijas y caratijas, si ustedes me entienden. Pero el objeto no era tal, y cuando desenterré el resto, lo vi al fin: se trataba de una lámpara.
Era de oro macizo. Seguro que todos habéis oído contar las historias y leyendas que existen alrededor de estos objetos, pues lo que liberé de su entierro en las arenas eternas del desierto no era una lámpara cualquiera, sino una lámpara mágica. No soy hombre que dude, así que antes de lo que canta un gallo, había frotado la lámpara con ganas, y se formó ante mí un genio, enorme, majestuoso y azul, lleno de pendientes y otras alhajas.
–¿Cuál es tu deseo, oh mi señor, porque me has liberado del encierro perpetuo? Tres deseos habré de concederte, ni uno más, ni uno menos.
–Para llegar a lo que deseo, primero tendré que saber qué no deseo –empecé a razonar, pues siempre he sido muy dado al pensamiento inverso, al circular e incluso al recto¬–. No quiero riquezas, desde luego, porque tengo sangre divina y posesiones por igual. Me sobran las mujeres, los soldados, las tierras y el ganado, de manera que aunque el mundo durase cien mil años, mis descendientes seguirían siendo ricos. No deseo volver a la juventud, porque como comprenderás, no me falta nada ahora y soy suficiente sabio para no querer repetir lo que ya está hecho, para bien o para mal –el genio asistía paciente a mi charlatanería, sin darme siquiera una pista sobre lo que podía pedirle. Supongo que quien vive en una lámpara aprende pronto a esperar–. Como aún me quedarán dos deseos cuando te pida el primero, para pedirte llegar a mi casa de El Cairo cuando lo juzgue necesario, creo que ya sé lo que apetece a mi ánimo, ahora que he saciado un poco mi sed con agua de la cantimplora y me encuentro mejor. Quiero que me cuentes la historia más maravillosa que hayas escuchado, tú que eres de vida imperecedera y tienes oídos que van más allá de los que poseemos los mortales.
Entonces el genio sonrió, abiertamente, por primera vez desde que se apareciera ante mí. Sin duda, mi deseo había resultado muy de su gusto.

2 comentarios:

  1. Sí, creo que es una buena idea publicarlos en el blog; se seguirán muchísimo mejor.

    Un saludo

    (Sí, en la Feria del Libro nos veremos seguro ^^)

    ResponderEliminar