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24 feb 2016

Pacto de belleza

Hacía ya mucho tiempo que no me dejaba caer por aquí, demasiado quizás. Sería para mí un placer compensaros con este relato, espero conseguirlo, ¡de verdad! ¿Me aceptáis una copa de vino?



Pacto de belleza


Había pasado la hora de la comida cuando llamaron a su puerta con golpes de apremio. El sirviente fue a abrir y regresó hasta el salón, acompañado de un hombre ricamente aderezado, pero sucio por el polvo de muchas leguas. Aquel se identificó enseguida como emisario de su señor el rey Almohade. Puso en las manos del Caballero de la Media Luna un papiro lacrado y se retiró con reverencia, cerrando la madera.
—¿Qué será este mensaje, mi señor, que llega en hora demasiado tempranera? —preguntó el sirviente, usando de la confianza habitual entre ambos siempre que se encontraban a solas.
El señor desplegó el papiro con manos ansiosas, embargado por un presentimiento funesto. Los segundos se tornaron minutos mientras leía. La sombra de una duda anegó sus facciones, por lo común severas, en cuanto hubo terminado.
     El sirviente carraspeó con ensayada ligereza, para sacar al caballero de su zozobra.
—Oscura es la hora además de temprana, mi fiel Abdul. Pues hasta oídos de mi rey han llegado rumores de mis devaneos con la Dama Sol, y no entiende ni aprueba que me entretenga tanto en terminar con unos viñedos que, por su bravura, más parecen guerreros de Don Rodrigo que matas de uva tierna.

Aquella misma tarde el señor musulmán acudió a los viñedos de la Dama Sol, acompañado tan solo de Abdul. Era la hora en que la media luna puede verse ya en la cúpula celeste, vaporosamente ataviada con crestones blancos, mientras que el sol se pone todavía entre púrpuras. Este cielo espectacular se conjugaba sobre legiones de gráciles parras descolgadas en sus postes. Los terrenos tapizados de verde y oro marcaban el confín alrededor de la hacienda, hasta allá donde la vista podía abarcar. La Dama Sol leía bajo la techumbre del caserío, con los cabellos levemente desordenados por los dedos de la brisa vespertina. El joven señor observó una hamaca de mimbre vacía, que parecía esperarle, y se aproximó hasta ella mientras que Abdul se iba a dar un paseo entre los campos de cultivo, dejándolos solos. 
Esa vez el caballero notó inmediatamente dos diferencias y una semejanza respecto a sus tres visitas anteriores. Inesperadamente, había puesta sobre la mesa una botella cristalina con un fluido del color de las cerezas maduras. Sobre ella incidía un postrero rayo de luz. La acompañaban dos copas: una vacía, llena la otra. La dama no levantaba todavía sus luceros de un volumen apergaminado, que sostenía entre los dedos lívidos. Igual que las tardes anteriores, un remolino de sensaciones contradictorias, con regusto de pecado, afloraron a su pecho cuando la Dama Sol alzó sus iris azulinos y halló los negros del caballero. Hoy tampoco vería la hora de anunciar a aquella mujer el motivo de su advenimiento.
Seguía siendo incapaz de destruir el paraíso de aquella infiel.
—¿Cuál es ese libro que subyuga vuestros sentidos más allá de mi llegada, más allá de este momento único, en que vuestro sol y mi luna pueblan el cielo como una sola luz?
—No diré que conozco el motivo de vuestra llegada, ni tampoco que sé de quién recibisteis un mensaje después de la comida... —respondió la dama con una voz distante—.  Este libro habla de Plotino, un filósofo griego que teorizó sobre la belleza del Uno.
—¿El Uno? ¿Es acaso el Dios humano de los cristianos? ¿O es Allah, el Dios de mi pueblo? —respondió el caballero, recelando. La mujer negó, ladeando la cabeza con un brillo idealista en la mirada.
—El Uno y su belleza son todos los pueblos juntos, musulmanes, judíos y también cristianos. El Uno sois vos, y soy yo, y es este vino que aguarda sobre la mesa. Es la copa llena, y también la vacía, que será llenada.
¿Cómo podría destruir él a aquella dama, aquellas tierras fértiles, aquel instante sublime robado al olvido? Acaso la prueba final pudiera ser cosa de un simple beso... no sería la primera vez, pensó desesperado. Si probaba aquellos labios finos pero seductores, dotados del mismo tono que la sangre de Dioniso, y no sentía nada, todavía había esperanza para su familia, su rey, su Dios. Inmediatamente su voz templada dio forma a los pensamientos, urdiría con habilidad una maraña filosófica de la que, pensó, la hermosa infiel no escaparía tan fácilmente.
—El Uno que mencionáis, Dama Sol, esa belleza que participa de todo y de todos, ¿se encuentra igual en los actos de unión, o tan solo anida en las cosas y en lo seres?
—¿Cómo separar la belleza de los actos hermosos? ¿Cómo discernir entre la Venus de Milo y el sacrificio de una madre por su hijo? ¿O el de una amante por su amado?
—Juntemos entonces nuestros labios, hagamos que el sol y la luna que están ahora en un mismo cielo prolonguen esa unión estelar en nuestras bocas, que choquen los astros y se fusionen la Dama Sol y el Caballero de la Media Luna —la incitó él.
La joven de cutis margarita asintió, y su corazón dio un vuelco. Aproximó lentamente su rostro, propiciando el instante que había reinventado en medio de su tormento devoto cada noche, incluso durante los breves momentos en que soñaba despierto, desde que la vio por primera vez en un crepúsculo como aquel entre viñas. Acercó su rostro de pétalos y polen, hasta que el joven pudo sentir su respiración en su propia nariz. Acudía tibia y fresca por aromas dulces de uva. Sin duda la dama había estado tomando...
—No degustaréis mis labios antes de catar mi vino —repuso ella en el último segundo, alejando el anhelado premio cuando el hombre ya se creía fulminado de gozo.
—No será tan flaco mi ánimo, ni tan temblorosa mi mano, que ceda ahora en este empeño —respondió él, desequilibrada por entero su resolución anterior. Llevó la copa a sus labios y su paladar se deshizo, para aflorar de nuevo con los gustos de la tierra y la madera, de la vid y de la parra, del sol y de la luna. Apuró todavía otro sorbo, y al acercarse los labios de la mujer aún con la copa entre sus dedos, polícroma de plata y oro, llena de noche y día, sintió tan solo el ánimo para una venganza baladí y bella.
Interpuso el cristal entre sus bocas: “No probaréis mis labios, Dama Sol, sin antes probar mi vino”, dijo.
La dama bebió con elegancia, demorando su trago, sin apartar su mirada prendada. Más tarde se entregarían a la ambrosía de la pasión. No importarían dioses, ni colores de piel, no habría conquistadores ni subyugados.
Fluido, amante y amada, fueron Uno desde entonces y para siempre. 




19 jun 2014

Despedida de tinta y tiza

Hace ahora dos o tres meses que se “celebró”, no sé bien si son tres o dos, podrían ser más, pues el tiempo es relativo y más cuando uno está del Otro Lado del cristal, el aniversario de la muerte de un insigne escritor llamado Julio Cortázar. Es curioso que sea justamente yo, alguien que no conoce demasiado bien su obra, ni tampoco su azarosa biografía, quien se atreva a escribirle algo por el veintitantos aniversario de su muerte, y para más sarcasmo con varios meses de retraso. Pero sin embargo me creo en mi derecho. Y me explicaré de tal forma que no quepa ninguna duda.

Conocí a Cortázar hará cosa de unos diez años atrás, de la boca de un poeta amigo mío y mejor recitador que yo. Esto último no espero que sorprenda a nadie, pues se trataba del mejor recitador que nunca he escuchado. Hablaba como entre sueños con la voz de un tenor. El caso es que este poeta amigo mío era, como tantos otros poetas, fiel seguidor del camino de tiza de la niñez; o cómo en palabras de profanos: uno de esos que idolatran esa novela rara que se llama Rayuela. Efectivamente, el susodicho amigo hablaba maravillas de aquel libro, decía que se podía leer de dos formas: del principio al fin, como cualquier otra novela, o siguiendo un orden alternativo que el autor nos proponía. Creo recordar que para mayor desaguisado, el orden alternativo empezaba en el capítulo cuarenta y seis o algo así. No espero que se me perdone mi mala memoria, pero en diez años pueden suceder tantas, tantas cosas... En cualquier caso, tras decirme aquello mi amigo, que en realidad me parecía entonces sólo un dulce e inteligente conocido, sonreía como para sí mismo y añadía pronto: “Aunque la mejor lectura es siempre la tercera, la que uno hace siguiendo los capítulos como le da la real gana”. Ahí es donde yo quedaba definitivamente maravillado con el asunto. Si a ello sumamos que el tal poeta tenía dos poemas muy buenos dedicados a Cortázar y que la cita con que empezaba uno de ellos era algo así como “¿Así que vos también sós de tiza?”, se entenderá que en menos de un mes el libro cayera en mis manos, de una forma más bien poco honrada que mantendré en secreto. Aquí me gustaría decir que mi amigo poeta, que ya me empieza a cansar y desaparecerá pronto de este homenaje al bonaerense del puro, había tenido la fortuna de leer ese libro en el bachillerato. Debería ser obligatorio que todo el mundo tenga la opción de leer Rayuela. Yo lo hice a tiempo, y nunca me arrepentiré. 
          Hoy, incluso, he llegado a comprender que la vida y la muerte son un poco como ese libro, Rayuela. Que ciertas personas siguen un orden en la vida mientras algunas otras se conducen por uno completamente diverso, y hay quienes saltan de un episodio a otro sin ningún orden ni concierto que podamos apreciar. Como ese libro, como todos los libros, toda historia termina con un fin. Y decidirlo está en nuestra mano, con el permiso del autor. Acaso la dulce transición de Tanatos nos eleve entre dos mundos, cercana a un pesado sueño en el atardecer echados sobre un césped aromático; quizás el final batallador de Hades, con el fuego de una idea en la mirada. O tal vez uno diferente de ambos.
En esos años yo me sentía de tiza, pero no como esa que suele manejar un maestro, no, la sensación era más bien como la de una tiza vuelta polvos que flota vigorosa con el viento vespertino, para chocar en su trayecto alegre con alguna pared de un edificio feo y gris, cayendo de nuevo en el asfalto a la espera de la siguiente ventisca. La primera lectura, me insufló más pájaros en una cabeza donde ya tenía buena jaula, de manera que empecé a escuchar jazz y blues, a divagar a menudo delante de un papel y cómo no, a acentuar mi ya asentada afición a la nocturnidad. Además, ese libro tiene un efecto curioso sobre mi destino, pues lo vinculo al desamor y a la pérdida en el sentido más literal de la palabra: sucede que cuando lo presto no me lo devuelven, y cuando no lo pierdo prestado, lo regalo sin querer. Después de aquello, entre Borges, Quevedos y Vallejos, seguidos de Larras y Esproncedas, cayeron dos libros más de Cortázar en mis manos, dos libros de cuentos cortos, los dos muy de mi gusto; recuerdo que uno de ellos contaba cómo se quedaban cientos de vehículos atascados en una autopista, cuando iban camino del trabajo, y que se establecían relaciones intimísimas y de lo más variado durante las horas y los días que se pasaban en el atasco los ocupantes de los vehículos, y creo que recuerdo también que cuando uno ya empezaba a encontrarse a gusto en la autopista que se había convertido en una suerte de hogar improvisado, se arreglaba el atasco y todos se volvían cada uno dentro de su coche, para seguir circulando como si nada hubiera sucedido nunca.
La vida es un poco así, desgasta como una puta salida de una fábula que se dé a la fuga con el amanecer. El caso es que yo quería hablar más de Rayuela, pero me voy por los cerros. Yo creo que ésta, que es para muchos la mejor obra de un escritor magistral, uno de los pocos alquimistas que sabían hacer fuego en la mente (el mal llamado “realismo fantástico”, porque es imposible creer que dos palabras acierten a describir ninguna verdad relativa), creo que Rayuela encierra, en fin, tres claves. La primera ya ha sido mencionada, el amor y el desamor, que para más seducción del lector se nos presentan teñidos por la atmósfera de la bohemia parisina de los años cincuenta, donde la pintura se mezcla con la música, y la filosofía con la poesía y el malditismo con la excelencia. La segunda son la vida y la muerte, serpiente de Uróboros que se lame la cola forjando el enigmático anillo del sino. No diré nada de la última de las claves, pues pienso que lo expuesto hasta ahora hubiera sido ya razón más que de peso para que un indeciso inventor Morelli se hubiera decidido a leer la novela. O a rezumar vida hasta que la muerte venga a su encuentro, por tinta o por tiza, de amor o de soledad.
Hace ya treinta años murió un gran escritor, pero Cortázar no, porque el muy diablo dejó pedazos de su espíritu en cada libro que escribía. Y a pesar de que no soy yo, precisamente, el más adecuado para escribir estas líneas más emocionadas que lúcidas, (sinceramente, creo que he terminado siendo más Traveller que Horacio), sólo puedo decir que la Maga viene a mi encuentro alguna vez todavía, por casualidad en aquel puente sobre el río Sena; lo hace tras vagabundear todo el día por los bazares de la ciudad, envuelto en un yo cabizbajo, apocado, sabiendo a cada hora que ella también camina por aquellas calles.
La miro mientras finge el encuentro por sorpresa, con los ojos muy abiertos y hermosos.
Entonces pongo mis labios en su oído y le susurro, sólo, una palabra: Vodka.



[Basado en mi anterior relato “BEE BOP, Réquiem por un soñador llamado Cortázar”].

22 may 2010

Sin comas y a lo loco

No guardo ninguna duda de que es éste un cuento diferente a lo que yo suelo escribir, y desde luego muy distinto de cuantos acostumbro a leer. Así las cosas, solo puedo recomendar que si lo lees seas abierto de miras. Que si decides continuar sea por puro afán de poesía y de pasar el rato, que las comas no sean indispensables en tu vivencia por este mundo y que no te detengas. Por ningún motivo. Deslízate con pies ligeros y mente despierta, pon todo en su sitio como hace el tiempo.   
 
Relato de cómo un joven de unos 30 años se levantó al despunte de la madrugada para ir a hacer alguna obligación y yendo ya en el metro apoyado en la puerta porque no quedaba un solo asiento libre pero andaba demasiado dormido aún y cansado del día anterior como para ir de pie sin apoyarse en lugar alguno de pronto en un túnel negrísimo de esos que el metro frecuenta se abrió la puerta y el joven de unos 30 años cayó. El gusano mecánico y bramador se escabulló en el túnel negrísimo con algunos gritos huidizos resonando ecos de los pasajeros que habían visto boquiabiertos como el agujero negro se tragaba al joven de unos 30 años que por su parte no estaba menos asombrado pero sí más contusionado y quedó sin remedio ni aliento por el batacazo sumido en la negrura más absoluta. Y empezando a no disgregar la delgada línea entre el sueño y la vigilia pensó que sin duda soñaba. Y allí permaneció horas y horas soñando que soñaba o esperando que otro tren subterráneo viniese para despertarlo de puro atropello aunque como el tren no llegase por alguna razón que el joven de unos 30 años desconocía se echó a caminar hacia la dirección en que le pareció se había encaminado el metro que le echó de su vientre como la madre que lo parió. Anduvo. Anduvo. Anduvo. Empezaba a tener hambre de tanto como andaba y entonces creyó escuchar a lo lejos un rugir y un temblor de suelo casi imperceptible bajo sus pies mojados por la fina charca que se adivinaba eterna y sin atender a lógica alguna decidió ahora que esto no podía ser un sueño porque el tren venía y lo iba a despedazar si le embestía con su cabeza de acero y que si era un sueño pues mejor despertar más suave. He aquí que palpaba el joven de unos 30 años la pared del túnel negrísimo que estaba pegajosa y húmeda mas no hallaba resguardo túnel o siquiera un agujero donde esconder la cabeza como una avestruz ante el depredador que estrecha el cerco obsesivo. Porque era por su cabeza y era su cabeza lo que más temía recibir el impacto quizás por un miedo ancestral y genético o porque no quería ver al monstruo cara a cara presintiendo ya la inevitable tragedia y palpaba y palpaba corriendo por el túnel en dirección opuesta al temblor que crecía y crecía. La iluminación se fue haciendo paulatinamente y el temblor crecía y crecía. Ahora el joven de unos 30 años podía ver el túnel girando nervioso la cabeza la curva a sus espaldas por donde aparecería en unas décimas de segundo el tren que seria su vergugo involuntario y al frente el resto del túnel de sombras por donde se perdería tras haberlo segado como la hoz al junco y a buen seguro sin siquiera apercibirse seguiría su trayecto. Como buen tren subterráneo en un túnel negrísimo.
 
[Publicado originalmente en La Bahía de los Cocos "Revista literaria y creativa"].         

20 abr 2010

Pacto de belleza



 Había pasado la hora de la comida cuando llamaron a su puerta con golpes de apremio. El sirviente fue a abrir y regresó hasta el salón, acompañado de un hombre ricamente aderezado pero sucio por el polvo de muchas leguas. Aquel se identificó enseguida como emisario de su señor el rey Almohade. Puso en las manos del Caballero de la Media Luna un papiro lacrado y se retiró con reverencia, cerrando la madera.
−¿Qué será este mensaje, mi señor, que llega en esta hora demasiado tempranera? −preguntó el sirviente, usando de la confianza habitual entre ambos siempre que se encontraban a solas. El señor desplegó aquel mensaje con manos ansiosas y embargado por un presentimiento funesto. Los segundos se tornaron minutos mientras leía, la sombra de una duda anegó sus facciones severas en cuanto hubo terminado. El sirviente carraspeó con ensayada ligereza para sacar al caballero de su zozobra.
−Oscura es la hora además de temprana, mi fiel Abdul. Pues hasta oídos de mi rey han llegado rumores de mis devaneos con la Dama Sol, y no entiende ni aprueba que me entretenga tanto en terminar con unos viñedos que por su bravura, más parecen guerreros de Don Rodrigo que matas de uva dorada.

Aquella misma tarde el señor musulmán acudió a los viñedos de la Dama Sol, acompañado tan solo de Abdul. Era la hora en que la media luna puede verse en la cúpula celeste, vaporosamente ataviada con crestones blancos mientras que el sol se pone todavía entre púrpuras, que reflejaban las gráciles parras descolgadas por los postes. Los terrenos tapizados de verde y oro marcaban el confín alrededor de la casa, hasta allá donde la vista podía abarcar. La Dama Sol leía bajo la techumbre del caserío con los cabellos levemente desordenados por los dedos de la brisa vespertina. El joven señor observó una hamaca de mimbre vacía que parecía esperarle, y se aproximó hasta ella mientras Abdul se iba dar un paseo entre los campos de cultivo, dejándoles solos.  Aquella vez el caballero notó inmediatamente dos diferencias y una semejanza respecto a sus tres visitas anteriores. Inesperadamente, había puesta sobre la mesa una botella cristalina con un fluido del color de las cerezas maduras. Sobre ella incidía un postrero rayo de luz. La acompañaban dos copas: una vacía, llena la otra. La dama no levantaba todavía los ojos del volumen apergaminado que sostenía entre sus dedos lívidos. Igual que las tardes anteriores, un remolino de sensaciones contradictorias con regusto de pecado afloraron a su pecho cuando la Dama Sol alzó sus iris azules y halló los negros del caballero. Hoy tampoco sería capaz de anunciar a aquella mujer el motivo de su advenimiento: no podría destruir el paraíso de aquella infiel.
−¿Cuál es ese libro que subyuga vuestros sentidos más allá de mi llegada, más allá de este momento único en que vuestro sol y mi luna pueblan el cielo como una sola luz?
−No diré que conozco el motivo de vuestra llegada, ni tampoco que sé de quién recibisteis un mensaje después de la comida... −respondió la dama con una voz distante−.  Este libro habla de Plotino, un filósofo griego que teorizó sobre la belleza del Uno...
−¿El Uno? ¿Es acaso el Dios humano de los cristianos? ¿O es Allah, el Dios de mi pueblo? −respondió el caballero, recelando. La mujer negó, ladeando la cabeza con un brillo idealista en la mirada.
−El Uno y su belleza son todos los pueblos juntos, musulmanes y también cristianos... El Uno sois vos, y soy yo, y es este vino que aguarda sobre la mesa. Es la copa llena, y también la vacía, que será llenada.
¿Cómo podría destruir él a aquella mujer, aquellas tierras fértiles, aquel instante sublime robado al olvido? Acaso la prueba final pudiera ser cosa de un simple beso... no sería la primera vez, pensó desesperado. Si probaba aquellos labios finos pero seductores, dotados del mismo tono que la sangre de Dioniso, y no sentía nada, todavía había esperanza para su familia, su rey, su Dios. Inmediatamente su voz templada dio forma a los pensamientos, urdiendo con habilidad una maraña filosófica de la que, pensó, la hermosa infiel no escaparía tan fácilmente.
−El Uno que mencionáis, Dama Sol, esa belleza que participa de todo y de todos, ¿se encuentra igual en los actos de unión, o tan solo anida en las cosas y en lo seres?
−¿Cómo separar la belleza de los actos hermosos? ¿Cómo discernir entre la Venus de Milo y el sacrificio de una madre por su hijo? ¿O el de una amante por su amado?
−Entonces juntemos nuestros labios, hagamos que el sol y la luna que están ahora en un mismo cielo prolonguen esa unión estelar en nuestras bocas, que choquen los astros y se fusionen la Dama Sol y el Caballero de la Media Luna −la incitó él. La joven de cutis de mármol asintió, aproximando lentamente su rostro hasta que el joven pudo sentir su respiración sobre su propia nariz, que acudía tibia y fresca por los aromas dulces del vino, que sin duda, la dama había estado bebiendo.
−“No probaréis mis labios sin antes probar mi vino” −repuso ella en el último segundo, alejando las anheladas curvas cuando el hombre ya se creía fulminado.
−No será tan flaco mi ánimo, ni tan temblorosa mi mano, que ceda ahora en este empeño −respondió él, desequilibrada por entero su resolución anterior. Llevó la copa llena a sus labios y su paladar se deshizo para aflorar de nuevo con los gustos de la tierra y la madera, de la vid y de la parra, del sol y de la luna. Apuró todavía otro trago, y al acercarse los labios de la mujer todavía con la copa entre sus dedos, sintió tan solo el ánimo para una venganza baladí y bella. Interpuso el vino entre sus bocas: “No probaréis mis labios sin antes probar mi vino”, dijo. La dama bebió. Fluido, amante y amada, serían Uno para siempre.


[Publicado originalmente en espadaybrujeria.com]