Al fin está disponible mi cuarta entrega del Batallón Fénix, y de qué manera: si pincháis este enlace podréis leer en su totalidad, además de tal y como apareció en Imaginarios -o sea, con sendas ilustraciones- una versión muy particular de la batalla que pudo significar el fin de nuestro mundo tal y como hoy lo conocemos. Espero que disfrutéis este, mi pequeño regalo para todos los que amamos la lectura y la Fantasía. Que no nos falte ni hoy ni nunca.
Batallón Fénix IV: "Los Campos Cataláunicos"
25 dic 2010
6 dic 2010
Homenaje a J. R. R. Tolkien
1) J. R. R. Tolkien, excursiones de un hombre sencillo.
‹‹Hasta el final de sus días Bilbo no alcanzó a recordar cómo se encontró fuera, sin sombrero, bastón o dinero, o cualquiera de las cosas que acostumbraba llevar cuando salía, dejando el segundo desayuno a medio terminar, casi sin lavarse la cara, y poniendo las llaves en manos de Gandalf, corriendo colina abajo tanto como se lo permitían los pies peludos...››.
Fragmento de El hobbit.
Todas las biografías elaboradas a partir de la obra de Tolkien coinciden en que este profesor de lenguas antiguas, alumno brillante y abuelo imaginario, en la actualidad, de al menos la mitad de la mitad de los medio jóvenes del mundo, fue, como sus personajes principales, un hombre de aspecto y placeres comunes. Sin embargo, y también como sus personajes, acostumbraba a dar largos paseos, y como él mismo reflexionó en sus obras “uno nunca sabe adónde lo puede llevar el camino”.
Todo escritor verdadero esconde en su alma un visionario, y el que el Maestro de la alta fantasía guardaba en su interior aprovechaba los paseos familiares para salir a la luz: sus hijos Cristopher y Priscilla recuerdan cierto viaje por los Cotswolds, un paisaje formado por verdeantes colinas y casas de madera color miel con techos de paja, como el lugar donde su padre descubrió la Comarca; de la misma manera, Brill era el nombre de un pequeño pueblo situado sobre la colina hasta donde solían caminar, y que le inspiró la colina de Bree.
Los paralelismos entre los viajes o excursiones del escritor y su obra son numerosos. Tolkien amaba los paisajes naturales, porque en ellos sentía volar su espíritu a lugares donde dejaba de ser un hombre sencillo para convertirse en un poblador de la Tierra Media. Llegó a echar realmente de menos aquellos devaneos paisajísticos cuando tuvo que marchar para cumplir con su deber patriótico, durante la Primera Guerra Mundial, y también más adelante durante la Segunda, donde encontramos testimonios, en concreto una carta a su hijo Cristopher desde Sudáfrica, que nos rememoran inevitablemente a Bilbo lejos de su Hobbiton natal, o más aun, a Sam y Frodo adentrándose en la tierra de Mordor, cuando se aferran al recuerdo para no perderse entre las tinieblas: ‹‹Tanto amo y admiro las callecitas, los cercos, los árboles susurrantes... lo que me obnubila y satisface más a mi corazón es el espacio. Mi corazón aún vive entre los desiertos, altos y pedregosos, entre las morenas y las ruinas de la montaña, silenciosas a pesar de un frío hilo de agua. Intelectual y estéticamente, el hombre no puede vivir en las rocas ni en la arena. Pero menos puedo vivir yo solamente del pan››.
Un amor difícil: retazos de la guerra y El Silmarillion.
‹‹En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes de que se hiciera alguna otra cosa. Y les habló y les propuso temas de música...››.
De El Silmarillion, inicio de la “Ainulindalë”.
Las circunstancias dramáticas que Tolkien vivió durante la Primera Guerra Mundial terminaron con el escritor británico aquejado por la “fiebre de las trincheras”. Convaleciente en una cabaña de Great Haywood, empezó a redactar el que entonces llamó El libro de los Cuentos Perdidos, conocido hoy como El Silmarillion, y que en la actualidad continúa siendo el más denostado y a veces, también amado, de los magistrales escritos de Tolkien. Muchos lectores encuentran “aburridas”, amén de “lentas” y “farragosas” las historias que componen este libro y que nos hablan, a modo de crónica, de los hechos más importantes acaecidos durante los milenios anteriores a la Tercera Edad. Sin embargo, el escritor confiaba en la calidad y el sesudo trasfondo de estos cuentos que componen la mitología de Arda, y esperaba poder publicarlos a la sombra del éxito de El Señor de los Anillos. No fue así, ya que por un lado los costes de impresión estaban por las nubes tras la guerra, y por el otro, Tolkien nunca llegó a confeccionar una versión definitiva que ofrecer a sus editores. Tuvo que publicarse a modo póstumo, gracias a un gran trabajo de compilación y reorganización llevado a cabo por su hijo Christopher Tolkien.
Por cuestiones de espacio, no me adentraré más de lo necesario en las grandiosas y épicas historias que componen El Silmarillion, pero sí diré que tras sus hojas de apariencia hermética aguardan al lector avezado –y al no perezoso– unas páginas que a un servidor, siendo un niño de trece años, le pusieron los pelos como escarpias. Recomiendo encarecidamente leer este libro entero, sumergirse en los árboles genealógicos, tener el mapa de Beleriand desplegado sin vergüenza ante nuestros ojos y bien visible, aposentarse en nuestro sillón favorito (o en la cama), y predisponerse a trabajar a partes iguales el intelecto y el corazón. Hordas de dragones y balrogs enfrentados contra elfos, humanos y enanos, los Valar caminando por el mundo, amores imposibles entre elfas y humanos, la madre de Ella Laraña (Ungoliant) haciendo diabluras muy sonadas, viejas rencillas entre enanos y elfos, gestas heroicas y sacrificios sin parangón, la forja del Anillo... todo esto y mucho más te espera, lector sagaz. Mis fragmentos favoritos: “De la ruina de Beleriand y la caída de Fingolfin”, y “De Túrin Turambar”. Aunque es sabido de buena tinta que uno de las preferidos por Tolkien era “De Beren y Lúthien”, ya que –diré para quienes no lo sepan– la escena del encuentro entre este humano y esta elfa está inspirado en un baile que su mujer, Edith, le hizo al autor en un claro boscoso rodeado de cicutas y blancas flores, y en la tumba del Maestro, enterrado junto a su mujer, se puede leer todavía bajo sus nombres: ‹‹Lúthien›› y ‹‹Beren››.
3)
La cumbre de su obra: El Señor de los Anillos.
‹‹El Camino sigue y sigue
desde la puerta.
El Camino ha ido muy lejos,
y si es posible he de seguirlo
recorriéndolo con pie fatigado
hasta llegar a un camino más ancho
donde se encuentran senderos y cursos.
¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo››.
De El Señor de los Anillos, vol. I, “La Comunidad del Anillo”.
¿Cómo hablar de la obra más grande de alta fantasía jamás escrita? Casi todos conocemos ya estos tres libros como si los hubiéramos escrito nosotros mismos, y entre aquellos que no los conocen, pocos quedan que no lo hayan intentado. Ciertamente, no es difícil naufragar entre el “Prólogo”, la “Nota sobre los archivos de la Comarca” y el primer capítulo, “Una reunión muy esperada”, que sirven de antesala a la acción más trepidante, que nos llevará a recorrer el noroeste de la Tierra Media de la mano de aquellos seres sencillos, los hobbits, y sus aliados, contra el poder de Sauron que amenaza con aniquilar todo lo que crece en aquella bondadosa tierra. Ríos de tinta han corrido en torno a cada una de las curiosidades y circunstancias que envolvieron la creación de la obra cumbre de Tolkien, El Señor de los Anillos. Y como muestra, un botón: durante uno de sus viajes de vacaciones en Suiza, en 1911, Tolkien adquiere una postal réplica de un cuadro (Der Berggest) que le inspiró al autor el que se convertiría en el arquetipo del mago de fantasía por excelencia. Por supuesto, hablo de Gandalf el Gris.
Cambio de cuarto para hablar del concienzudo trabajo previo de Tolkien antes de embarcarse en su obra. Filólogo y estudioso profundo de muchas lenguas, conocía el francés, el latín, el noruego antiguo, el gótico, el galés, el anglosajón, el inglés medio y seguramente alguna más. Todo esto le sirvió para elaborar el Quenya, idioma de los elfos Noldor, y el Sindarim, la lengua de los elfos grises, aquellos que en su mitología no vieron en persona la luz de Aman, la tierra de los Valar.
Para no perderme en disquisiciones más o menos intrincadas sobre el genio británico y El Señor de los Anillos, del que casi todo se ha escrito ya, terminaré haciendo mención a la gran ausencia que noté en la, por otro lado, fenomenal adaptación de Peter Jackson a la gran pantalla –de la que Alfonso Cea nos hablará a continuación–: Tom Bombadil (inspirado en un muñeco holandés de su hijo), ese “tipo sencillo de calzones amarillos”, no aparecía por ningún lado, ni tampoco lo hacían el Viejo Sauce ni la dulce Baya de Oro, ni por supuesto las brumosas Quebradas de los Túmulos... Creo que a Tolkien le hubiera gustado que estuvieran, porque de nuevo se ve aquí claramente un alter ego del escritor y su mujer, felices moradores del Bosque Viejo, tan ancianos y poderosos que ni tan siquiera el Anillo ejerce poder alguno sobre ellos.
Sin embargo, estoy seguro de que esta saga inmortal se prolongará más allá de toda convención, y tal vez algún día no muy lejano, Peter Jackson caerá en la cuenta de que se dejó en la trastienda uno de los episodios más entrañables de aquella inconmesurable obra.
Mientras tanto, Tolkien y Edith ya han zarpado desde los Puertos Grises, y más allá del mar se ve una luz inmensa a lo lejos, una luz que presagia el inicio de una nueva vida sin guerras, fuera del alcance de la retorcida garra de la muerte.
[Artículo correspondiente a la portada del nº 3 de la revista digital Imaginarios].
12 oct 2010
La guerra por el Norte
‹‹Cuando estaba en casa, Kali escapaba por las noches con Chacal para tenderse en la húmeda hierba de las colinas y contemplar, durante horas, el manto estrellado sobre el mundo. Pensaba que su madre formaba parte de aquel cielo y que esa era la única manera de estar cerca de ella. Sin embargo, aquella noche, Kali se ocultaba en la oscuridad, bajo su capucha, encogida en la cubierta del bote de Olen. Sin ningún cielo estrellado más que los sucios maderos y sus propias botas››.
La guerra por el Norte, pg. 163.
La opera prima de Guillem López es ya una realidad que nos transporta a un mundo en guerra, fragmentado por las luchas internas por el poder y los intereses encontrados entre las hombres de armas, los nobles, y los hombres de fe, representados por los monjes fanáticos del Dios único. En medio de esta balanza, los druidas conforman la tercera facción de esta lucha por la hegemonía, una facción caracterizada por su relativa neutralidad.
De la mano de la editorial Grupo AJEC nos llega esta novela fantástica, una obra ambiciosa que pone la primera piedra de la “Saga Leyenda de una Era”.
La historia comienza con la presentación de dos personajes singulares: Jared, el cabrero, y su misteriosa hija, Kali. A partir de un acontecimiento que cambiará sus vidas, comienzan un largo viaje que nos llevará por tierras desconocidas y en conflicto. De peligro en peligro, irán afianzando los lazos paternales que parecían perdidos para ellos. Y es que uno de los puntos fuertes de esta novela es sobre todo la gran cantidad y variedad de personajes que maneja su autor, que la convierten en una novela río del estilo de la conocida saga “Canción de Hielo y Fuego”.
A continuación destaco algunos de los personajes que más me han cautivado de esta novela, además de Jared y Kali, para dar unas breves pinceladas en torno al papel de cada uno en la acción. Uno de ellos es el taimado consejero Rághalak, un brujo sin escrúpulos con un sirviente decrépito, deforme y tan mezquino como él. Si Rághalak es detestable desde el inicio, sin duda generará simpatía en el lector el joven inquisidor Anair, que se ve sometido a las órdenes de Jakom el Devoto, o sus guerreros Penitentes, el brazo armado y fanático de la fe que recuerda a la Inquisición… junto a otros personajes como Raben el Jansenita, Whetlay del Río o Earric de Bruswic, componen una de esas facciones que generan tensión en la trama con cada uno de sus actos: la Orden de Vanaiar nos producirá simpatías y fobias desde muy pronto en nuestra lectura. Por otro lado el conflicto entre el rey aukano, Khymir, y su hermosa hija Vanya, nos remite de nuevo a la esfera de los conflictos paterno filiales y nos sumerge en los siempre atractivos entresijos casamenteros de los cortesanos en el Medievo.
Este último grupo de personajes representará la vertiente política de la lucha por el poder en La guerra por el Norte, pero sin embargo se nos plantea a su vez una lucha sutil, encubierta por el poder en su significado más místico, más intrínseco; una batalla que se nos antoja desde el primer momento como más primaria, más antigua y seguramente no menos decisiva: los razaelitas, los marcados, son personas con misteriosos poderes que son perseguidos por unos pocos conocedores de las tradiciones, como el mencionado consejero Rághalak. No conocen el origen de su don, que por la ausencia de guía o de conocimientos se suele manifestar en ellos de una manera violenta, brutal incluso, llevando a los protagonistas a situaciones de marginación, huida y depresión, y en el mejor de los casos, a un aprovechamiento pragmático de dicho don que los hará descubrirse y caer víctimas de los que ambicionan ese poder, como sucede con el ingenuo de Eadgard. En este aspecto me recuerda La guerra por el Norte a la conocida (y para mí genial, exceptuando su 2ª temporada) serie de televisión “Héroes”. No puedo dejar de señalar que el ansia por ese poder tiene también su opuesto en la balanza, los druidas como Dagir La que suponen la alternativa pacífica, equilibrada, a los villanos persecutores como Rághalak.
Sin ser esta novela una obra de escenarios grandiosos o detallismos exasperantes, esta narración de ambientación medieval que nos presenta el Grupo AJEC consta de unas descripciones que cumplen con su cometido, y que nos sirven de excusa para zambullirnos en un mundo accionado por tensiones palpables.
Viajaremos hasta un tiempo hormigueante de personajes que no se conforman con el papel que les ha sido adjudicado dentro de una trama compleja, una trama que, ya en la primera parte de esta saga, se nos desvelará como un largo y caudalosos río, cuyas orillas bañan una multitud de tierras diferentes las unas de las otras.
5 oct 2010
Se va el Verano
Hay un pez tatuado en su tobillo
con trazos de agua que remansan
un océano fácil, un cenit en fuga.
Caminante ocioso entre las calas
te ves en tu deambular
sorprendido de blancas embarcaciones.
La respiración, el choque que labra
un haz de líneas tendidas con parsimonia y desnudez,
como si hubiera techo pero más lindo
se viste a veces de algodón, a ratos, indeciso, se desviste
dando desfiladeros a su luz y entonces
tus ojos en extravío lo surcan con rastro de recuerdo,
reflejo de gaviotas interrogantes,
alzamiento torpe y primero de un vuelo.
Llaman a sosiego voces de bañistas,
sorprendidos de blancas embarcaciones.
La brisa sopla del este
como sombra de clarines,
como sombra canturreando más honda que el silencio
y queda en la arena el crepúsculo,
en las olas los colores, bancos de coral
en libertad por las redes que cantan y la leve claridad
menguante,
nacida bajo el mar
que ahora, retorna a su descanso.
con trazos de agua que remansan
un océano fácil, un cenit en fuga.
Caminante ocioso entre las calas
te ves en tu deambular
sorprendido de blancas embarcaciones.
La respiración, el choque que labra
un haz de líneas tendidas con parsimonia y desnudez,
como si hubiera techo pero más lindo
se viste a veces de algodón, a ratos, indeciso, se desviste
dando desfiladeros a su luz y entonces
tus ojos en extravío lo surcan con rastro de recuerdo,
reflejo de gaviotas interrogantes,
alzamiento torpe y primero de un vuelo.
Llaman a sosiego voces de bañistas,
sorprendidos de blancas embarcaciones.
La brisa sopla del este
como sombra de clarines,
como sombra canturreando más honda que el silencio
y queda en la arena el crepúsculo,
en las olas los colores, bancos de coral
en libertad por las redes que cantan y la leve claridad
menguante,
nacida bajo el mar
que ahora, retorna a su descanso.
22 may 2010
Sin comas y a lo loco
No guardo ninguna duda de que es éste un cuento diferente a lo que yo suelo escribir, y desde luego muy distinto de cuantos acostumbro a leer. Así las cosas, solo puedo recomendar que si lo lees seas abierto de miras. Que si decides continuar sea por puro afán de poesía y de pasar el rato, que las comas no sean indispensables en tu vivencia por este mundo y que no te detengas. Por ningún motivo. Deslízate con pies ligeros y mente despierta, pon todo en su sitio como hace el tiempo.
Relato de cómo un joven de unos 30 años se levantó al despunte de la madrugada para ir a hacer alguna obligación y yendo ya en el metro apoyado en la puerta porque no quedaba un solo asiento libre pero andaba demasiado dormido aún y cansado del día anterior como para ir de pie sin apoyarse en lugar alguno de pronto en un túnel negrísimo de esos que el metro frecuenta se abrió la puerta y el joven de unos 30 años cayó. El gusano mecánico y bramador se escabulló en el túnel negrísimo con algunos gritos huidizos resonando ecos de los pasajeros que habían visto boquiabiertos como el agujero negro se tragaba al joven de unos 30 años que por su parte no estaba menos asombrado pero sí más contusionado y quedó sin remedio ni aliento por el batacazo sumido en la negrura más absoluta. Y empezando a no disgregar la delgada línea entre el sueño y la vigilia pensó que sin duda soñaba. Y allí permaneció horas y horas soñando que soñaba o esperando que otro tren subterráneo viniese para despertarlo de puro atropello aunque como el tren no llegase por alguna razón que el joven de unos 30 años desconocía se echó a caminar hacia la dirección en que le pareció se había encaminado el metro que le echó de su vientre como la madre que lo parió. Anduvo. Anduvo. Anduvo. Empezaba a tener hambre de tanto como andaba y entonces creyó escuchar a lo lejos un rugir y un temblor de suelo casi imperceptible bajo sus pies mojados por la fina charca que se adivinaba eterna y sin atender a lógica alguna decidió ahora que esto no podía ser un sueño porque el tren venía y lo iba a despedazar si le embestía con su cabeza de acero y que si era un sueño pues mejor despertar más suave. He aquí que palpaba el joven de unos 30 años la pared del túnel negrísimo que estaba pegajosa y húmeda mas no hallaba resguardo túnel o siquiera un agujero donde esconder la cabeza como una avestruz ante el depredador que estrecha el cerco obsesivo. Porque era por su cabeza y era su cabeza lo que más temía recibir el impacto quizás por un miedo ancestral y genético o porque no quería ver al monstruo cara a cara presintiendo ya la inevitable tragedia y palpaba y palpaba corriendo por el túnel en dirección opuesta al temblor que crecía y crecía. La iluminación se fue haciendo paulatinamente y el temblor crecía y crecía. Ahora el joven de unos 30 años podía ver el túnel girando nervioso la cabeza la curva a sus espaldas por donde aparecería en unas décimas de segundo el tren que seria su vergugo involuntario y al frente el resto del túnel de sombras por donde se perdería tras haberlo segado como la hoz al junco y a buen seguro sin siquiera apercibirse seguiría su trayecto. Como buen tren subterráneo en un túnel negrísimo.
[Publicado originalmente en La Bahía de los Cocos "Revista literaria y creativa"].
8 may 2010
Revelación
El faro se alegró, la luz se hizo bandera.
Galeones
fantasmas
surgieron de la niebla:
el capitán Karamazov, Nemo, Eneas...
llevaban faroles zozobrantes,
venían ebrios de quimeras, de embelecos y esperpentos,
colgaban átomos del Monte de las Ánimas por sus sobrios bigotes.
Preguntaron por epopeyas, por tierras vírgenes
y olores desconocidos, por el cofre que enterraron
y vete tú y descubre quién
borró la X del mapa, o cuántos folios se quemaron
con el alma de Rimbaud.
Levaron anclas y echaron a volar ...
Tú sueñas y oteas
y saludas ya como ellos.
No conoces tampoco tu destino último.
Preguntas a menudo por aves del paraíso,
por laberintos sorteables, sin “prohibido el paso”
o “aquí estuvo Pepito” escrito en la pared.
Y qué vas a decir tú de tantas cosas...
si no sabemos ya de qué hablar.
Haré el equipaje.
Si vuelven, nos vamos con ellos.
[Publicado por primera vez en la revista Náyade de la Universitat de València]
Galeones
fantasmas
surgieron de la niebla:
el capitán Karamazov, Nemo, Eneas...
llevaban faroles zozobrantes,
venían ebrios de quimeras, de embelecos y esperpentos,
colgaban átomos del Monte de las Ánimas por sus sobrios bigotes.
Preguntaron por epopeyas, por tierras vírgenes
y olores desconocidos, por el cofre que enterraron
y vete tú y descubre quién
borró la X del mapa, o cuántos folios se quemaron
con el alma de Rimbaud.
Levaron anclas y echaron a volar ...
Tú sueñas y oteas
y saludas ya como ellos.
No conoces tampoco tu destino último.
Preguntas a menudo por aves del paraíso,
por laberintos sorteables, sin “prohibido el paso”
o “aquí estuvo Pepito” escrito en la pared.
Y qué vas a decir tú de tantas cosas...
si no sabemos ya de qué hablar.
Haré el equipaje.
Si vuelven, nos vamos con ellos.
[Publicado por primera vez en la revista Náyade de la Universitat de València]
20 abr 2010
Pacto de belleza
−¿Qué será este mensaje, mi señor, que llega en esta hora demasiado tempranera? −preguntó el sirviente, usando de la confianza habitual entre ambos siempre que se encontraban a solas. El señor desplegó aquel mensaje con manos ansiosas y embargado por un presentimiento funesto. Los segundos se tornaron minutos mientras leía, la sombra de una duda anegó sus facciones severas en cuanto hubo terminado. El sirviente carraspeó con ensayada ligereza para sacar al caballero de su zozobra.
−Oscura es la hora además de temprana, mi fiel Abdul. Pues hasta oídos de mi rey han llegado rumores de mis devaneos con la Dama Sol, y no entiende ni aprueba que me entretenga tanto en terminar con unos viñedos que por su bravura, más parecen guerreros de Don Rodrigo que matas de uva dorada.
Aquella misma tarde el señor musulmán acudió a los viñedos de la Dama Sol, acompañado tan solo de Abdul. Era la hora en que la media luna puede verse en la cúpula celeste, vaporosamente ataviada con crestones blancos mientras que el sol se pone todavía entre púrpuras, que reflejaban las gráciles parras descolgadas por los postes. Los terrenos tapizados de verde y oro marcaban el confín alrededor de la casa, hasta allá donde la vista podía abarcar. La Dama Sol leía bajo la techumbre del caserío con los cabellos levemente desordenados por los dedos de la brisa vespertina. El joven señor observó una hamaca de mimbre vacía que parecía esperarle, y se aproximó hasta ella mientras Abdul se iba dar un paseo entre los campos de cultivo, dejándoles solos. Aquella vez el caballero notó inmediatamente dos diferencias y una semejanza respecto a sus tres visitas anteriores. Inesperadamente, había puesta sobre la mesa una botella cristalina con un fluido del color de las cerezas maduras. Sobre ella incidía un postrero rayo de luz. La acompañaban dos copas: una vacía, llena la otra. La dama no levantaba todavía los ojos del volumen apergaminado que sostenía entre sus dedos lívidos. Igual que las tardes anteriores, un remolino de sensaciones contradictorias con regusto de pecado afloraron a su pecho cuando la Dama Sol alzó sus iris azules y halló los negros del caballero. Hoy tampoco sería capaz de anunciar a aquella mujer el motivo de su advenimiento: no podría destruir el paraíso de aquella infiel.
−¿Cuál es ese libro que subyuga vuestros sentidos más allá de mi llegada, más allá de este momento único en que vuestro sol y mi luna pueblan el cielo como una sola luz?
−No diré que conozco el motivo de vuestra llegada, ni tampoco que sé de quién recibisteis un mensaje después de la comida... −respondió la dama con una voz distante−. Este libro habla de Plotino, un filósofo griego que teorizó sobre la belleza del Uno...
−¿El Uno? ¿Es acaso el Dios humano de los cristianos? ¿O es Allah, el Dios de mi pueblo? −respondió el caballero, recelando. La mujer negó, ladeando la cabeza con un brillo idealista en la mirada.
−El Uno y su belleza son todos los pueblos juntos, musulmanes y también cristianos... El Uno sois vos, y soy yo, y es este vino que aguarda sobre la mesa. Es la copa llena, y también la vacía, que será llenada.
¿Cómo podría destruir él a aquella mujer, aquellas tierras fértiles, aquel instante sublime robado al olvido? Acaso la prueba final pudiera ser cosa de un simple beso... no sería la primera vez, pensó desesperado. Si probaba aquellos labios finos pero seductores, dotados del mismo tono que la sangre de Dioniso, y no sentía nada, todavía había esperanza para su familia, su rey, su Dios. Inmediatamente su voz templada dio forma a los pensamientos, urdiendo con habilidad una maraña filosófica de la que, pensó, la hermosa infiel no escaparía tan fácilmente.
−El Uno que mencionáis, Dama Sol, esa belleza que participa de todo y de todos, ¿se encuentra igual en los actos de unión, o tan solo anida en las cosas y en lo seres?
−¿Cómo separar la belleza de los actos hermosos? ¿Cómo discernir entre la Venus de Milo y el sacrificio de una madre por su hijo? ¿O el de una amante por su amado?
−Entonces juntemos nuestros labios, hagamos que el sol y la luna que están ahora en un mismo cielo prolonguen esa unión estelar en nuestras bocas, que choquen los astros y se fusionen la Dama Sol y el Caballero de la Media Luna −la incitó él. La joven de cutis de mármol asintió, aproximando lentamente su rostro hasta que el joven pudo sentir su respiración sobre su propia nariz, que acudía tibia y fresca por los aromas dulces del vino, que sin duda, la dama había estado bebiendo.
−“No probaréis mis labios sin antes probar mi vino” −repuso ella en el último segundo, alejando las anheladas curvas cuando el hombre ya se creía fulminado.
−No será tan flaco mi ánimo, ni tan temblorosa mi mano, que ceda ahora en este empeño −respondió él, desequilibrada por entero su resolución anterior. Llevó la copa llena a sus labios y su paladar se deshizo para aflorar de nuevo con los gustos de la tierra y la madera, de la vid y de la parra, del sol y de la luna. Apuró todavía otro trago, y al acercarse los labios de la mujer todavía con la copa entre sus dedos, sintió tan solo el ánimo para una venganza baladí y bella. Interpuso el vino entre sus bocas: “No probaréis mis labios sin antes probar mi vino”, dijo. La dama bebió. Fluido, amante y amada, serían Uno para siempre.
[Publicado originalmente en espadaybrujeria.com]
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



