14 may. 2011

Relatos de la Tercera Gran Guerra I

La Tercera Gran Guerra fue una de los tres sucesos bélicos que marcaron un cambio de época en el continente de Aru. La Tercera Época terminó con la muerte del rey Anamos y la ascensión al poder de su hijo Sural de Fuego, llamado despectivamente ‹‹el reyecito›› en los feudos anexionados durante aquel periodo, apelativo debido tanto a su juventud, como a sus ansias por conquistar las Tierras Meridionales y unirlas a las Tierras Altas que le pertenecían por derecho. Quería crear un gran reino que hiciera frente a la oscuridad que, según su tía Cernisa había predicho, llegaría pronto de allende los mares para sumir a todo Aru en la esclavitud. Lo que su padre Anamos quiso conseguir mediante la diplomacia y el diálogo, Sural lo buscó mediante el acero y a cualquier precio. Los acontecimientos aquí narrados son veinte años anteriores a los de la novela El yelmo del caballero.

“El último barril”


El tercer año de la guerra está llegando a su fin. Tras varias victorias, la alianza formada por el rey Sural de Narfaroth, el conde Tarin de Piedra Pálida y el resto de sus vasallos, ha empujado al conde Ariostes de Noche Oscura a huir de Aru cruzando los mares. Demasiado pronto, pues tan solo han pasado unos meses, corren rumores de que el mismísimo Siervo de Goost ha desembarcado en la ciudad portuaria de Eldagar. Ragnós es uno de los lugares que más ha sufrido durante los tres años que van de guerra, viendo arrasados sus campos y su ganado.

Era una noche inclemente en la ciudad de Ragnós. Una de esas noches en que el viento no para de soplar en todas direcciones por las callejuelas, agitando una llovizna miserable, fría, despiadada. Las campanadas de la torre señalaron la medianoche con doce gongs indiferentes, mientras una figura embozada en una capa barata salía de la iglesia. La figura echó a caminar encorvada, luchando contra las ráfagas del vendaval, hacia la única luz que permanecía encendida al final de la calle. Finy, el frutero, resbaló sobre un adoquín de la calle y se agarró a un poste, a punto estuvo de caer. Usando de toda su fuerza consiguió incorporarse de nuevo. Y siguió avanzando, trabajosamente, paso a paso luchando contra la distancia que lo separaba de aquel candil azotado por el viento como su propio cuerpo, como su miserable alma tambaleante, necesitada de la esperanza de aquella luz, del consuelo de un lugar donde escapar de su vida.

   En cuanto alcanzó la puerta sintió que las inclemencias del tiempo se apaciguaban bajo la techumbre de madera. Llamó, tres golpes secos sobre la puerta. Pronto se abrió entre los maderos una rendija que derramó una luz amarillenta a la oscuridad del exterior lloviznoso, aullador.

    ─¿Quién va?

    Finy reconoció la voz vasta del gordo Sam, el tabernero.

    ─Soy yo, diablos, el frutero.

    ─¿Finy?

    ─Sí, aunque como no abras pronto,      vas a tener que darle tú a mi mujer la noticia de que se ha quedado viuda… ─rezongó Finy, sujetándose a un pilar para soportar una nueva embestida del viento─. Porque he estado a punto de abrirme la cabeza hace un momento, por culpa de este tiempo de perros.

    La rendija se nubló de nuevo dejando al frutero en la oscuridad, pero enseguida pudo oír el sonido de los cerrojos al deslizarse, y un segundo después la puerta se abrió para que Finy entrase al interior. La atmósfera cambió de inmediato, allí no entraban ni el viento ni la lluvia, y el calor de la chimenea reinaba junto a las titilantes llamas de los candiles en el espacioso hogar. Finy se quitó la capucha y respiró hondo, intentando sacudirse de encima el mal cuerpo que traía. Pero fracasó. Sabía que para eso todavía le harían falta muchas cervezas.

    ─¡Anda Finy, échame una mano y te descuento una moneda de lo que me debes! ¡Asco de…

   Se volvió hacia el gordo Sam y lo ayudó a cerrar la puerta. El tabernero echó los dos cerrojos rápidamente.

    ─…aire! ¡Gracias, amigo! ¿Qué hay de nuevo?

    ─Poca cosa, Sam. Ponme una cerveza, anda.

    ─Voy.

    Los dos caminaron hacia la barra de madera clara de abedul, que dominaba aquel lado del espacio rectangular de la taberna. Tomaron posiciones, el tabernero en el interior, el cliente en el exterior. Momentos más tarde Finy se llevaba a sus labios una jarra de cerveza sin apenas espuma, mientras que Sam se dedicaba a enjuagar algunas jarras usadas y ponerlas a secar boca abajo. Sintiendo que empezaba a entrar en calor, Finy se despojó de su capa calada y la tiró sin cuidado en un taburete cercano. En la taberna solo había un grupo de tres soldados alrededor de una mesa, además del propio Finy y el tabernero. Finy se sumió en sus propios pensamientos durante un tiempo, mientras bebía lentamente la cerveza. Sorbo a sorbo el líquido fue bajando, pero los pensamientos no se volvían más halagüeños, y tampoco se le olvidaron sus problemas ni se le pasó el mal cuerpo. Para eso harían falta más cervezas, muchas más. Era una noche para lamentarse de haber nacido. No sabría decir si habían transcurrido unos minutos o una hora, cuando los soldados se acercaron para pagar. Finy le dio vueltas en el interior del bolsillo de su jubón a algo, sin prestare mayor atención.

    ─Nos toca hacer la guardia, Sam. Guárdanos nuestra mesa para cenar el viernes.

    ─Bueno, eso dependerá de si de aquí a entonces se le ocurre aparecer a los de negro o a los de rojo… Pero si yo sigo aquí tendréis vuestra mesa, cabo. Aunque todo lo que tendré para comer será sopa aguada y un poco de pescado. No os preocupéis.

    ─Todos esperamos que sean los del rey Sural quienes vuelvan victoriosos. Ya lo hizo una vez, tengamos fe, Sam.

    ─La fe es lo último que se pierde, mi cabo, pero de fe no se come. Ni se bebe. Mi madre decía que la fe es para cuando uno está más cerca de la muerte que de la vida, el resto del tiempo lo que nos sirven son los hechos.

    ─Bueno… Que Selón os guarde.

    ─Que nos guarde a todos, cabo.

    Los soldados desaparecieron por la puerta. Finy acompañó a Sam y lo ayudó a cerrar de nuevo.

     El tabernero se quedó mirando hacia Finy, frunciendo el tupido ceño.
    ─¿Qué? ─preguntó Finy, incómodo.
   ─Que no te pienso descontar otra moneda… No al menos hasta que cambies esa cara y me cuentes qué diablos te pasa.

    Ambos caminaron de nuevo, silenciosos, hasta retomar sus posiciones a uno y otro lado de la barra.

    ─No me descuentes nada y ponme otra cerveza, haz el favor. Con lo que gané hoy, solo me llega para pagarte la primera.

     El gordo tabernero cogió diestramente la jarra vacía y la rellenó del barril, para dejarla en un santiamén delante de Finy otra vez. Después se sentó en el interior de la barra, no sin antes dedicarle una mirada de reojo al frutero. Se conocían de toda la vida. Habían pasado por momentos buenos, malos y peores. Pero nunca había visto así a su amigo. Esperó respetuosamente a que Finy se decidiera hablar, pues con el paso de los años había aprendido que cuando estaba así, era mejor esperar.
   ─¿Crees que alguno de los dos ganará esta vez, Sam? Quiero decir de verdad, definitivamente. Me da igual que sea el reyecito Sural, o que sea el maldito Siervo de Goost. Pero el pueblo necesita estabilidad, yo no aguanto más…

   ─No sé, Finy ─Sam dejó escapar un suspiro entre sus gruesos belfos. A continuación se atusó su poblada barba castaña, pensativo─. Creo que los dioses nos han abandonado, que se cansaron de la raza humana hace años. Primero llegó la peste, asolando estas tierras. La peste se carga al rey Anamos, y el reyecito Sural decide que tiene que haber guerra para que Aru sea un lugar seguro, porque el Siervo de Goost va a venir de más allá de los mares y no sé qué predicciones de su tía. Y cuando parece que va a haber paz, resulta que de verdad viene el Siervo y otra vez la guerra. El reyecito del norte se tendría que haber buscado otro momento para ampliar su reino, eso creo. Porque si la peste y una guerra son malas, la peste y dos guerras son mucho peores. Ragnós nunca ha sido una ciudad rica, pero ahora parece una ciudad fantasma. Si la cosa sigue así, no te voy a poder seguir invitando a cerveza, Finy.

    ─¡Cuando tuve monedas nunca tuviste que invitarme! ─le reprochó el frutero, que siempre fue delgado pero ahora estaba esquelético─. Y si no podías, tan solo con decírmelo basta. Total, para ahogarme la pena que arrastro no creo que me alcance ni con un barril entero de ese meado de cabra que sirves. Toma.

   Finy sacó de su bolsillo el objeto con el que había estado jugando distraídamente: una moneda de cobre. Sam le mostró las palmas de sus manos, rehusando.

      ─¿Sabes por qué sigo invitándote a cerveza, Finy?

      ─¿Por qué lo haces?

     ─¿Y por qué no? ¡Al diablo! La guerra está matando a todo y a todos. ¡Al jodido diablo! Mira. Me quedan dos barriles de cerveza, cuando solo me quede uno cerraré. Total, invito a más gente de la que me paga. La gente necesita calmar sus penas, sobre todo la gente que no tiene una moneda. No nos merecemos esto. Además, ¿de qué sirven las monedas cuando no hay nada que comprar?

     ─Eso mismo me pregunto yo… Intenté comprar algo de grano para que mi mujer y mi hija pudieran comer hoy, pero con la moneda que me quedaba no he podido comprar nada. El avaro de Lucien pedía cinco monedas por medio kilo. Y lo peor es que se lo han quitado de las manos... Los del Siervo quemaron los campos en su última incursión y no tengo nada que vender desde hace un mes. ¿Qué hago, Sam, qué puedo hacer?

      ─No sé, Finy. Tú tienes tu familia, tu mujer y tu hija. No sé qué puedes hacer tú, pero te digo lo que pienso hacer yo… Y tú decides.

      ─Soy todo oídos ─respondió Finy, expectante.

    El frutero ya empezaba a sentir el espíritu más liviano por el efecto del alcohol, y miró al tabernero con un brillo parecido a la esperanza en sus ojos negros, sombreados por cárdenas ojeras.

   ─Pues bien, dije que cuando se termine el penúltimo barril cerraré, ¿bien? ─Finy asintió─. Bien. Tengo una mula vieja que es la única que me dejaron los soldados oscuros cuando saquearon Ragnós, así que cargaré en ella el barril que me queda y mis cosas. Luego voy a hablar con el cabo y me alisto en el ejército. Me han dicho que el sábado se espera la llegada de nuevos refuerzos para ir a la guerra. Se están formado levas en todas las poblaciones de por aquí. Esta vez ha venido el Siervo de Goost en persona, dicen que es un semidiós o no sé qué paparruchas. El reyecito Sural un semidiós no será, pero yo lo vi hace unos años y ya me sacaba tres cabezas, un tío grande de cojones. Cuando se enfrenten estos dos quiero verlo, total, aquí ya no me queda nada de nada. ¿Y sabes qué?

    ─¿Qué? ─Finy dio un nuevo trago a la cerveza, apesadumbrado ante el gris panorama que se le presentaba: su último amigo allí, y se le iba a la guerra.

   ─Que gane quien gane en la batalla final, una vez terminada pienso subirme encima de mi último barril de cerveza, para estar a la altura de tan altos señores, sabes, y voy a aplaudir. Voy a aplaudir hasta que me canse, y a reírme bien alto. Porque esto ya no hay quien lo aguante.

     ─Qué suerte tienes tú, que puedes irte sin más. Ojalá pudiera acompañarte.

    ─Bueno, suerte o no, tú tienes el cuerpo caliente de tu mujer todas las noches en la cama, y tu niña, que te da la esperanza de un futuro mejor. Si yo no vuelvo nadie me echará de menos, excepto tú y dos o tres parroquianos más a los que también llevo invitando unos meses. Nadie más.

     ─En fin, ¿mañana estarás aquí todavía, entonces?

     ─Aquí estaré, Finy.

     ─Hasta mañana entonces, Sam.

   ─Hasta mañana, amigo. Ayúdame a cerrar la puerta desde fuera cuando salgas ─pidió el orondo tabernero, mientras lo acompañaba a la salida.

     
    Una vez en el exterior, los pensamientos y las dudas se agolparon en la cabeza de Finy, quien caminaba de nuevo encorvado contra el vendaval en medio de una noche sin estrellas, una noche para que solo salieran a pasear las ánimas en pena. Como seguía el itinerario contrario, ahora a veces lo favorecía el viento, pero resultaba aun más incómodo porque en varias ocasiones lo cogió al descuido y de golpe. Así estuvo a punto de dar con sus huesos en tierra una y dos veces, hasta que a la tercera, al girar el último recodo antes de su casa, no hizo pie entre las baldosas de piedra y cayó de hinojos. Se quedó allí parado unos minutos, bajo el agua que le azotaba la cara y el viento que le quitó la capucha. Miró al cielo de azogue, sintiendo como una lágrima de impotencia se mezclaba con los regueros de lluvia ‹‹Tal vez debería unirme yo también a la milicia. ¿Mi mujer lo entendería? Seguro que no, y mi hija, menos… Pero por todos los dioses, si nunca he manejado una espada cómo… A esa mula vieja no le deben quedar muchas fuerzas, seguro que estira la pata a la primera jornada de viaje… Siempre puedo llevarle el barril a Sam. Porque, a fin de cuentas, ¿qué esperanza nos queda aquí?››.